Sagardoaren lurraldea

Artículo "CUADROS EUSKAROS: la sidra"

arte etnografía cultura tonel pintura sidra zizarra

Ficha

  • Autor: Bonifacio Echegaray
  • Fecha: 1897
  • Clasificación: 2.1. Sidra
  • Tipo documento: Documentos de la actualidad
  • Fondo: Sagardoetxea fondoa
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  • Código: DO-000848

Texto completo

364 EUSKAL-ERRIA
CUADROS EUSKAROS
LA SIDRA
¡La sidra! ¡Cuánto expresa esta palabra para los que andan de acá
para allá á caza de buena kupela donde puedan refrescar el gaznate!
De seguro que si á alguno de los zizarristas le diese por la manía de
la oratoria, diría que la sidra es el dorado néctar que en aúreo vaso
beben los dioses en el Olimpo, etc., etc.
Para el buen aficionado á la sagardúa, este líquido es comparable
con los mejores vinos, y no faltará quien afirme en serio que es superior
á muchos de ellos.
Cuéntase que un bilbaino neto, de esos chacolineros que son lo
que nuestros zizarristas, hallábase en cierta ocasión dando cuenta de
buenos tragos de chacolí. Entusiasmóse el buen hombre y prorrumpió
en alabanzas al líquido que en aquellos momentos causaba su dicha,
entonándole un himno que picaba ya en épico, á manera de los que
nos disparan ciertos prolíficos pseudo-poetas. Descendió al terreno de
las comparaciones, y efectivamente comparaba al chacolí con el Oporto,
Madera, etc. Al fin no acertaba ya qué decir más en elogio de tal
bebida, y dijo:
—Si este chacolí viño paese, pues.
Después que lo había comparado con los mejores vinos, terminaba
por equipararlo con el modesto peleón.
Esto ocurre también á nuestros zizarristas (sagardúos, como
nos llaman por estas tierras); entusiásmanse con la sidra, la elevan á la
categoría de dios de las bedidas, y terminan.... por dar honrosa cuenta
de un buen vaso de no menos buen vino.....
REVISTA BASCONGADA 365
A la vista de espíritu observador nada puede presentarse tan animado
como una sidrería de las que pululan por Donostia y sus alrededores,
y sobre todo por Hernani, la Meca del zizarrismo, á la que
acuden los fieles en peregrinación, no una vez en la vida, como los
sectarios del Islam, sino todas las semanas, y si pueden todos los días.
Sobre todo los en que repican gordo, desfila por las calles de Hernani
la flor y nata del zizarrismo donostiarra.
Sorprendamos el cuadro que presenta una sidrería, que es lo principal.
Un Teniers podría encontrar asuntos para sus lienzos en los bodegones
de Hernani, donde no faltan los animados tipos dibujados por
el artista flamenco, ni tampoco los que se hallan con la vista fija en la
pared, y en actitud bien conocida, indispensables en todas las obras
del genial pintor. Pero no seria tan fácil que Velazquez pudiese tomar
personajes pars su cuadro de Los Borrachos, porque estos abundan
muy poco por fortuna en las sidrerías; y dicho sea esto en honra y
alabanza de los zizarristas; lo que sí se hallan algunos es en el estado
natural de alegría en que se encuentra uno después de haber echado
al coleto unos cuantos tragos del dorado néctar.
Largas filas de hombres que esperan les llegue el turno para dar
cuenta del contenido del vaso, grupos que se forman al rededor de
suculenta nierienda, y en el fondo, la cuba, el depósito del apetecido
líquido, y destacando sobre todos la figura del cobrador que escudándose
en el lema de eran eta paga, se encarga de recibir las
cantidades que los consumidores van depositando en sus manos á
cambio del vaso de sidra. Este es el cuadro que nos presenta una sidrería
en su interior. En el exterior hay también animación, bullicio.
Quienes juegan á la toca, quienes hablan de diversos asuntos, quienes
dan cuenta de la merienda, quienes, por fin, se dedican á improvisar
versos en alabanza de la bebida que en aquellos momentos causa su
delicia. Es natural que esto sea así. La literatura bascongada ha cantado
y ensalzado el vino en aquellas estrofas del jesuita P. Meagher.
Gizon bat ardo gabe
Dago erdi illa, etc.
Y la sidra no podía ser de peor condición. No le debían faltar cantores
que entonasen en su honor un himno, bien en estrofas cultas y
castizas, como las de Ramón, Artola, bien en versos de tonos épicos,
(como los del bilbaino de marras), y aiñda mais ankamotzes, como
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los de los que se sienten bersolaris, inspirados por esteril musa, ó
por los vapores de la sidra.
El regreso de esta zizarrística excursión, hácese en medio del mayor
jaleo. El ruido de los coches, el silbido de los trenes y los cantos
de los hombres turban el sueño á las límpidas, mansas y silenciosas
aguas del Urumea, como diría algún poeta de la clase de melenudos.
En resúmen, que todo esto se desarrolla con gran aparato de ruidos,
cantos, gritos y animación. Aspecto distinto nos ofrecen las sidrerías
situadas en el interior de los pueblos y sobre todo de los marítimos.
Se congregan los rudos pescadores, que á la luz de débil lamparilla
de aceite, hablan de sus faenas, penalidades y luchas con el líquido
elemento....
En este escenario la acción se desliza en medio del mayor silencio
y calma. Pero se respira un olor á pescado y á tabaco fuerte que tira
de espaldas al menos delicado.
En el pueblo donde vi la luz de la vida, observábase con escrupulosidad
una costumbre, que no sé si existiría en los demás de la costa
cantábrica, y que ha desaparecido por completo en pocos años. Si había
ancianos dentro de la sidrería, no podían los jóvenes penetrar en
ella. Quedábanse á la puerta, y uno de ellos entraba en el antro con
la cabeza descubierta, en señal de respeto á la senectud que allí se hallaba
congregada; tomaba el jóven la sidra que él y sus compañeros
iban á consumir, y salíase por el foro tal como entró.
Observábase esta costumbre en los tiempos de mi infancia, es decir,
aún hace muy pocos años, pues yo no soy un Matusalem ni mucho
menos. Hoy ha desaparecido por completo.
¿Y á qué seguir escribiendo más? Si yo pudiera, lo que haría ahora
es dirigirme á una sidrería y ver de cerca el cuadro que en malos
trazos he pintado. Y haría algo más; confundirme con los tipos que
describo y dar cuenta de alguno que otro vaso de rica sagardúa. Pero
no puede pensarse en tales cosas en estas llanuras castellanas. Queda
eso para los que tienen la dicha de respirar el aire puro de las montañas
bascongadas.
BONIFACIO DE ECHEGARAY.
Escorial y Abril de 1897